RECICLAR LA HUMANIDAD - Lluís Sabadell
La naturaleza del hombre. El hombre es un ser formado, en esencia y en origen, de naturaleza. Esta es una realidad innegable que desgraciadamente olvidamos a menudo. No reconocer el sustrato natural de la especie humana es negar su sustrato básico. Fue sobre todo a partir de la modernidad, cuando se escindió la res cogitans de la res extensa, que este fundamento biótico le fue extraído al hombre. Se abría, de ese modo, una brecha que ha surcado el mundo occidental de arriba abajo desde su fundamento por construir una realidad alienada de la naturaleza y de nuestro propio cuerpo. Esta alienación se ha manifestado, en toda la existencia humana, en todos y cada uno de los actos y conceptos que de ella han surgido. Se habla de animal racional sin tener en cuenta, en ese sentido, la primera parte de la ecuación (la animalidad entendida como un lastre del que debemos desprendernos) con el deseo, en el fondo, de convertirnos en entes pensantes exentos de cualquier sustrato físico. Es así como la medicina occidental moderna ha separado, por ejemplo, toda conexión entre nuestros cerebros y nuestros cuerpos. Y no sólo eso, sino que además ha tratado cualquier enfermedad entendiendo el cuerpo como un conjunto disociado de órganos (no hay más que ver el cuadro de especialistas y especialidades médicas).
Perder el lugar. Esta disociación entre hombre y naturaleza ha provocado el hecho de que el ser humano pierda su lugar en la tierra y dentro del ciclo natural de la vida, y no lo digo en un sentido poético ni new age; lo digo a razón de unas intenciones de sustancia. Esta pérdida de lugar ha provocado también la falta de un sentido respecto a la naturaleza. El concepto de paisaje surge cuando nos independizamos como “individuos” modernos de nuestro entorno y podemos, por tanto, identificar el paisaje como un elemento externo a nosotros para admirarlo como objeto o res extensa. El primer paso hacia una reunión entre hombre y naturaleza sería hablar del mundo en segunda persona –como propone Jordi Pigem–, algo que nos permitiría establecer otro tipo de relación diádica entre dos elementos iguales. Ese tú en vez de él/ella nos coloca en una posición de igualdad y de proximidad que nos permite reinstaurar nuestro lugar en/con la naturaleza. La naturaleza ya no es lo otro, sino esto otro, y ese esto otro no se refiere a nada más que a nosotros mismos.
Escuchar. Poder hablar de tú a tú con la naturaleza implica ser capaces no sólo de incidir en el entorno, sino de tener la capacidad de escuchar; y este es un aspecto complejo en una sociedad egocéntrica como la moderna, en la que prima la individualidad por encima de todo. Deberíamos instaurar un parlamento de las cosas, como propone Bruno Latour, algo que, en última instancia, conlleva a su vez escuchar a la naturaleza, a nosotros mismos, a nuestro cuerpo y a nuestro sustrato natural que la medicina occidental ha obviado una y otra vez relegando esa responsabilidad a las máquinas y a los especialistas médicos. Ha llegado el momento, pues, de escuchar y de dejar de actuar a ciegas sobre el mundo.
La naturaleza ya no existe. Resulta inevitable pensar que la naturaleza ya no es ni será jamás una naturaleza en “estado puro”. La acción del hombre sobre el mundo tiene un currículum de más de treinta millones de años como para considerar que su huella no ha llegado, directa o indirectamente, en todos los lugares de nuestro planeta. En este sentido, el devenir del hombre sobre la tierra ha dejado y deja su traza día tras día. Si entendemos por naturaleza aquello que Descartes denominó res extensa, lo que existe por sí mismo fuera del hombre y de su pensamiento, esta naturaleza no-humana, puramente materialista, ya no existe. En un proceso de convivencia (o mejor aún, de envivencia entendida como vivir-en o ser-en) de una treintena de millones de años, la huella del hombre sobre la tierra (sustrato biótico) es innegable, y ya no es posible hablar de naturaleza en sí misma; conviene buscar otros términos. Al sustrato matricial caótico se le da forma ecoumenalmente (ecotecno-simbólicamente). La tierra, cuando en ella inciden la tecnología y la cultura, se transforma en mundo. Ya no vivimos en la tierra, vivimos en el mundo.
Trayección básica: la trayección biótica. Todo ser vivo es un sistema que necesita energía para poder subsistir: la célula de una planta, un elefante, un hombre, todos requieren en ese proceso vital una energía que transforman incesablemente. En su devenir, cualquier ser vivo es un interior que toma del exterior unos recursos que modifican este interior y este exterior. Cuando comemos una manzana nos alimentamos y transformamos la materia en energía y en otra materia (células…) cambiando al mismo tiempo lo exterior (la manzana). Cuando comemos estamos interiorizando el mundo y exteriorizándonos a nosotros mismos. Obviamente, esta trayección es básica, pues afecta a cualquier ser vivo, aunque esa misma trayección puede evolucionar y devenir cada vez más compleja hasta llegar a un nivel de simbolización y mediación muy elevado; sería lo que Augustín Berque denomina el devenir ecoumenal (eco-tecnosimbólico). En este texto trataremos dos aspectos –fundamentales, a mi modo de ver–, de la trayección: el alimento y la casa en tanto que motores de transformación constante del entorno (del mundo).
Nuestra fisiología y el entorno. La necesidad básica de todo ser vivo es la de satisfacer los requerimientos de alimento, un hecho que nos obliga a establecer una relación con el entorno. Así pues, nuestra fisiología tendrá sentido sólo si permanece en contacto con este entorno que la define. Somos como somos a partir de cuál y cómo es nuestro entorno. Para poder recibir energía en forma de materia hay que poder percibirla y asimilarla, además, como alimento. Ello implica que nuestra fisiología se fundamenta y se constituye, en un principio, en función de estos dos parámetros.
El movimiento trayectivo básico y universal: el alimento. La necesidad básica de alimento establece una relación trayectiva con el entorno, debido a que a partir de una necesidad interior primaria (comer) interactuamos –primero cognitiva y después técnicamente– sobre nuestro entorno (tomando ese alimento y, por tanto, incidiendo en él en tanto que modificándolo). Se trata de un movimiento básicamente trayectivo, puesto que nos conecta a un vivel muy básico –aún no cultural– y común a todo ser vivo con nuestro interior y nuestro exterior. En este sentido, los bioquímicos Maturana y Varela hablan de dar luz a un mundo; en expresión de Berque, nosotros nos cosmatizamos (hacemos cosmos) en el mundo, pero también lo somatizamos (hacemos cuerpo) de manera constante. Este es precisamente el movimiento trayectivo que mantiene al paisaje en mutación constante; un ir y volver entre nuestro interior y nuestro exterior que jamás se detiene y que mantiene el fragor de la vida en movimiento.
La trayección biológica y la “trayección cultural”. Podemos distinguir dos tipos de trayecciones: las que parten de las necesidades básicas fisiológicas de nuestro propio devenir como seres vivos –comer, nido, reproducción, que en mayor o menor medida son universales– y las que surgen a partir, y a posteriori, de las primeras; habría que hablar, en tal caso, de trayección cultural. Las dos tienen una incidencia directa sobre el entorno. Cuando las necesidades básicas están cubiertas puede surgir un devenir cultural, una relación con nuestro entorno que es fruto de un superávit de tiempo y de energía que va más allá del hecho mismo que supone satisfacer las necesidades básicas. Ello implica, a su vez, el desarrollo de una relación simbólica compleja que, en última instancia, vehicula esta relación con el exterior, y lógicamente ahí incide, también, de forma directa. Observamos, entonces, que el movimiento trayectivo biológico puede acabar convertido en un movimiento trayectivo mucho más complejo, como el cultural, que hace de mediación entre nuestro interior y nuestro exterior.
El surgimiento de la agricultura: la estabilización de la primera necesidad. La aparición de la agricultura, junto con la revolución tecnológica, hizo posible estabilizar una de las necesidades básicas principales: la alimentación. Y los efectos de esa estabilización también repercutieron en la relación con la naturaleza, debido a la aparición del sedentarismo y otras repercusiones sociales, económicas, etc. Pero lo que más nos interesa es el surgimiento de una nueva relación con la segunda de las necesidades básicas: el refugio. El establecimiento, más o menos permanente, posibilitaba el desarrollo y el arraigo del refugio, que tomó cuerpo y forma en la casa. Un cambio tecnológico como la agricultura provocó, por extensión, un cambio en el refugio transformándolo en casa y posteriormente en hogar.
Las necesidades concéntricas. Como se puede ver, pues, el ámbito en el que nos movemos corresponde al del análisis del fondo más animal del ser-en-el-mundo, y puesto que es el más fundamental se convierte al mismo tiempo en el más universal. Se podría realizar un esquema mediante círculos que se añadirían concéntricamente a las necesidades de los hombres, empezando por las más básicas –y, por tanto, más universales– hasta las más individuales y subjetivas o culturales. De ese modo, colocaríamos el alimento en el círculo más externo; a continuación vendría el refugio, y finalmente la reproducción. Estos tres factores son comunes a casi la totalidad de los seres vivos. A partir de aquí empezaría a diluirse la necesidad en especificidad y aparecería la necesidad social o de comunicación grupal que desembocaría en la cultura: una necesidad propia y específicamente humana. Dentro de la cultura hallamos distintos niveles de relación de necesidad que se van individualizando. (En efecto, la necesidad de saber leer resulta bastante más universal y común que la de poseer un coche cuatro por cuatro o un chalet lozano en la Cerdanya).
El segundo elemento trayectivo básico: el “refugio”. Si por un lado el alimento es el primer fundamento trayectivo, en un segundo estadio aparece la necesidad de encontrar refugio, acogimiento. Para las hormigas, los pájaros, los castores y otros muchos animales, el segundo fundamento principal de la vida, después de la búsqueda del alimento, es la construcción del nido, del refugio o de la casa. Esta es una necesidad básica de todos los seres vivos (algunos peces o animales de gran tamaño no sienten necesidad de construir un nido, pero sí en cambio de defender su territorio: su nido-estado construido y provisto de fronteras invisibles como las de nuestros países). Esta es la segunda gran acción trayectiva de los seres vivos sobre el mundo, una acción que transforma nuestro entorno, de forma permanente, en mayor o menor grado. Una colonia de hormigas construyendo sus casas, una cigüeña fabricando su nido sobre un árbol o un conejo están transformando de manera brutal su propio entorno, por más que desde nuestro punto de vista esas transformaciones nos parezcan insignificantes.
Las relaciones y los “meta-entornos”. Podemos decir que nuestro ser-en-el-mundo se fundamenta, básicamente, en las relaciones que establecemos con lo que nos rodea. Dentro de esa gran esfera de lo que nos rodea y de lo que nos es más próximo, debemos incluir a los demás seres-en-el-mundo que comparten nuestra esfera . Por tanto, dentro del entorno habrá también otros seres humanos que serán entorno. Por ello, cuando hablemos de entorno nos referiremos a lo material y a lo humano que existe a nuestro alrededor. Al mismo tiempo, nosotros mismos nos convertimos en entorno, pues somos entorno de otros entornos. El ser-en-el-mundo, en realidad, es ser-mundo. Ello crea entornos físicos no tan sólo a nuestro alrededor, sino también meta-entornos, que son los entornos psicológicos, culturales y sociales muy presentes, aunque no siempre visiblemente, ya sea porque son inmateriales o bien porque en nuestra vida cotidiana han pasado a ser invisibles. Estos meta-entornos son los que nos permiten la vida en comunidad y, más extensivamente, la vida en sociedad.
El meta-hogar o la casa-nación y el sentido identitario con la tierra. En su tratado titulado Esferas, Peter Sloterdijk plantea la idea de que el paso de la esfera íntima a la colectiva pasa por la formación de globos que son formaciones identitarias comunes. Si la familia consiste en una primera envoltura existencial que toma forma en el hogar, la nación-patria amplifica este sentido identitario hasta nuestra identidad con el país como una extensión del hogar. Hogar y país se convierten en sinónimos. Este sentimiento patriótico sirve de catalitzador para formar coagulaciones sociales que son fruto de las relaciones estructuradas de conjuntos grandes de población.
El efecto amplificador de la sociedad. El cambio de culturas nómadas a culturas sedentarias provoca un crecimiento muy importante de las poblaciones. Inicialmente, el hombre vivía en tribus más o menos reducidas por razones eminentemente prácticas, pues de no haber sido así los desplazamientos se habrían convertido en éxodos. El asentamiento en enclaves fijos hace que la vida en comunidad pase a ser una vida en sociedad con las consecuencias que el hecho en sí mismo conlleva. La más importante de ellas, por el tema que nos ocupa, es que la incidencia de un individuo o de un grupo reducido de individuos en el entorno se ve amplificada exponencialmente con el incremento masivo de la población. La sociedad, con los consecuentes sobredimensionamientos culturales, provoca cambios mucho más rápidos y las consecuencias son mucho más importantes. Las hormigas, por ejemplo, son seres sociales, pero no culturales, que inciden constantemente en el mundo, y esencialmente en su-mundo, construyendo los hormigueros. Su carácter social hace que puedan intervenir de forma mucho más potente en el mundo adecuándolo a sus necesidades.
Todos trabajamos por un mundo mejor. Todo ser vivo lleva adherido genéticamente el impulso por cubrir sus necesidades, y las básicas más ferozmente que otras. Ello implica, como hemos visto, incidir de manera decisiva en su entorno para adecuarlo a dichas necesidades, sobre todo a través del nido. En este proceso de cambio, el objetivo es crear un mundo-mejor-en el que-vivir. El hormiguero que construyen las hormigas es, en realidad, su mundo-mejor-en el que-vivir. Por tanto, en todo proceso básico de trayección vital hay un sentido de utopía, ya sea en los animales o en las personas, por construir dicho mundo mejor. El hecho de tener más o menos éxito en este impulso depende del acierto a la hora de establecer nuestras prioridades respecto a las necesidades a satisfacer.
Las relaciones complejas. Com ya hemos explicado, cuando las necesidades básicas están cubiertas disponemos entonces de ese superávit de tiempo y de energía que nos permite desarrollar formas más complejas de relación. Ahí es de donde surgen los meta-entornos. La cultura es el meta-entorno que engloba el devenir de superávit del ser humano en la tierra. La cultura ejerce de filtro a la hora de incidir en el mundo hasta distorsionar las necesidades básicas, de manera que éstas pasan a ser casi invisibles. Con todo, el sustrato cultural que se ha ido acumulando sobre nuestra existencia –más aún desde la aparición de la modernidad– la parte más animal del hombre, es decir, las necesidades básicas, ha pasado a convertirse en estos elementos invisibles, muchas veces molestosos para la cultura cuando han sido transformados por ella en formas de atrofia posmoderna: el chalet, la nouvelle couisine, etc.
La economía como metáfora cultural de ordenación de los fundamentos básicos de la vida: casa y comida. Para poder establecer un vínculo que regule y ordene las relaciones que aparecen a partir de la cultura del superávit surgida ya en el neolítico, el hombre desarrolla un sistema superefectivo y práctico como el del dinero y, a nivel amplificado, el de la economía. Pese a que se han asociado a estos dos conceptos unos valores morales eminentemente negativos, no deja de ser un sistema simbólico de intercambio amoral en sentido estricto, es decir, desprovisto de moral.
El filtro cultural y la economía. La cultura, entendida como el devenir simbólico del ser en la tierra, ejerce como filtro a la hora de incidir sobre el mundo a través de la técnica. Y, como ya hemos indicado, el incidir en el mundo, o el acto de trayectar, viene regido en primera instancia por las leyes básicas del alimento y del hogar. Así es como la cultura hace de cedazo entre nuestras necesidades básicas y el mundo desarrollando una técnica a través de la cual plasmamos estas necesidades básicas en el entorno y en el meta-entorno. Es, por tanto, la lente cultural la que optimitzará o no los recursos del entorno, atorgando, ahora sí, una carga moral a la economía.
Subtrofia e hipertrofia de la casa y de la comida. Las atrofias de las relaciones básicas del hombre con su entorno vienen provocadas por atrofias morales adquiridas tras miles de años de errores y malentendidos. Las atrofias son, pues, desequilibrios presentes dentro de nuestro ecosistema por exceso o por defecto y están relacionadas con los dos elementos básicos de la vida: la casa y la comida. La hipertrofia de las primeras potencias económicas mundiales genera un exceso –no en balde el país más rico del mundo es también un de los países más gordos del mundo–, y la subtrofia, un defecto. Estas atrofias tienen su origen en la relación de posesión que establecemos con nuestro entorno y con sus fundamentos básicos.
Reformular las relaciones trayectivas básicas: la casa y la comida. Es preciso reformular de buen comienzo, pues, nuestras relaciones básicas con el entorno desde los dos aspectos que actualmente están en crisis y que son los fundamentales: la casa y la comida. Una sociedad sin estos factores en equilibrio (sea por hipertrofia o bien por distrofia) no tendrá jamás un desarrollo social y cultural armónico y equilibrado. Ello se constata en las innumerables guerras que asolan a nuestro planeta: todos los conflictos bélicos, sin excepción, están provocados por los desequilibrios con la casa (invasiones de países, nacionalismos…) y con la comida (control de los recursos energéticos). Al mismo tiempo, la situación de descontrol urbanístico en la que se encuentra nuestro país también denota una relación muy poco consciente con el elemento casa.
La emergencia del cambio como movimiento concéntrico. Reincidimos en el esquema de las necesidades de los seres vivos. Aquí tiene lugar un proceso de concentración a medida que nos acercamos a su centro. De ese centro emerge el sujeto que reclama un sinfín de necesidades personales y perentorias, circunstanciales y no universales. Se produce, pues, una fuerza concéntrica desde el exterior hacia el interior. Desde lo universal hacia lo concreto. Por tanto, se hace tremendamente difícil un cambio de mentalidad excéntrico (de dentro hacia fuera); debemos tener en cuenta que la misma sociedad utiliza esa misma denominación muy a menudo despectivamente. Si no queda más remedio, conviene que el cambio sea concéntrico de fuera hacia dentro (de lo universal a lo concreto). Si traqueteamos las necesidades básicas y fundamentales de todos los hombres, el resto de necesidades se reformularán automáticamente. En definitiva, quedarse sin el cuatro por cuatro puede suponer un descalabro más o menos soportable, pero el hecho de quedarse sin hogar y sin comida nos obliga a observar la vida con ojos distintos.
La crisis como emergencia. La crisis ecológica en la que hoy estamos inmersos es precisamente una crisis que afecta a nuestro hogar, que es el planeta tierra (el término ecológico proviene del griego oikos, que significa casa, hogar) y ello conlleva, paradójicamente, que sea al tiempo una crisis del alimento, pues, en tal caso, nuestra casa es la que nos proporciona la comida. Así pues, esta crisis es el motor de cambio que provocará un giro social, económico, tecnológico y político que regenerará todo nuestro mundo y reubicará, de forma drástica, radical e incontestable, las relaciones de necesidad que establecemos en nuestra vida con nuestro entorno. Si no decidimos cambiar voluntariamente, será la propia casa, la tierra, la que nos cambiará a nosotros y a nuestro mundo.
Reciclar la humanidad. Para que este cambio tenga lugar, es preciso que se produzca una circunstancia fundamental: que reciclemos la humanidad. Y cuando hablo de reciclar lo hago en el sentido literal del término: colocar de nuevo en el ciclo. Si el hombre no hubiese perdido su conexión más íntima con la naturaleza y no se hubiese autoexiliado del ciclo de la vida, actualmente no estaríamos en la situación en la que estamos. Conviene, pues, recuperar nuestro lugar en el ciclo. Regresar al ciclo significará volver a la vida. Si ha sido la modernidad la que nos ha conducido aquí, ha sido la posmodernidad la que ha detectado el sin sentido y lo que tiene de obsoleto esta propuesta. La máquina moderna ha caducado. Es el momento, pues, de volver a lo biótico. Retornar al ciclo natural significa recuperar también nuestra eternidad perdida, puesto que dejamos de ser teleológicos, unidireccionales, futuribles, lineales y temporales. Dejaremos de ser unos in-presentables, es decir, dejaremos de no estar en el presente. Si retornamos al ciclo nos convertiremos en sistémicos, caóticos, atractivos, dinámicos y sintéticos. Seremos nuevamente presentables; viviremos, al fin, en un presente continuo.
El momento sintético o transmoderno. Así pues, ser sintéticos en sentido estricto significa que sintetizaremos el conocimiento del pasado reciclándolo a un nuevo presente. Se trata de un reciclaje a todos los niveles: industrial, social, político, económico, etc. Tenemos que dejar de producir cosas de usar y tirar. Debemos abandonar la era kleenex para llegar a un punto en el que todo lo que hacemos y hagamos sea útil –y cuando digo hacemos y hagamos lo digo en un sentido de devenir–; todo lo que seamos con nuestros pensamientos y actos tiene que formar parte de un ciclo que les sea útil a los que vengan. Nuestros detritos deben ser alimento para los demás. Todo tiene que ser reciclable, no sólo industrialmente, sino también vitalmente. Romper con la falacia moderna que nos hace creer que el ciclo vital es nacimiento-vida-muerte y nada más, cuando, en realidad, ese ciclo vital es nacimiento-vida-muerte-descomposición-vida para otro. En este sentido, ser sintético significa también ser transmoderno: trascendir la modernidad. Ser en el ciclo significa ser consciente y dejarse vivir en la aparente inestabilidad de la mutación constante.
