EL PAISAJE TRANSGREDIDO - Lluís Sabadell
Las maneras que tenemos de presentar el paisaje y la vivencia que nos aporta son, en el fondo, un reflejo de nosotros mismos, que acaba convirtiéndose en un mapa que dibuja nuestra topografía interior.
En el ejercicio de mirar la realidad que nos envuelve , -y el paisaje no deja de ser una parte, un conjunto de elementos que se interrelacionan creando un marco, un límite, a veces preciso y otras difuso- nos damos cuenta de que en el proceso de la mirada, y de todos los acontecimientos que se desencadenan a partir de ésta (pensamientos, actitudes, acciones…), se evidencia toda la estructura que nos conforma (cultural, social, psicológica, física…). Por tanto, el vínculo que se establece entre nosotros y el paisaje que observamos nos lleva a una nueva construcción del mismo.
Y esta construcción no se refiere a una creación artística o a una representación, sino a una visión que surge de nuestra propia estructura de pensamiento.
La manera como concebimos el paisaje condiciona también el modo en que nos enfrentamos a él para modificarlo. Podríamos decir que las primeras modificaciones conscientes se produjeron en el momento en que el hombre pasó de ser recolector a ser agricultor. Esto provocó una modificación geográfica del espacio. Es más, quizás este cambio se desencadenó antes, cuando el hombre primitivo decidió cortar una rama para guarecerse de la lluvia, realizando así una alteración arquitectónica del espacio.
Es probable que estos dos cambios se produjesen a la vez, en un espacio de tiempo, digamos coetáneo, que no simultáneo, ya que seguramente hubo una metamorfosis en el interior del hombre primitivo que le permitió pensarse no tan sólo como una parte más en todo su sistema, sino como una parte que podía reconvertir algunos elementos de este ecosistema en beneficio propio, interviniendo y modificando el espacio.
Este cambio de mentalidad produjo un cambio radical y profundo de toda la estructura social, mental y sagrada del hombre, que al mismo tiempo transformó por completo la superficie del planeta.
Los discursos sobre nuestra relación con la naturaleza nos plantean si nos consideramos más parte de todo un sistema o, por el contrario, el hombre es ajeno y, por tanto, es un elemento diferente. De manera muy genérica, éstas son las dos posturas que definen nuestro rol ante la naturaleza.
Si el hombre primitivo se consideraba a si mismo usufructuario de un territorio, de una naturaleza que lo envolvía, de la cual formaba parte y que le ofrecía unos frutos para alimentarse en este contexto concreto, es lógico que apareciera el concepto de sagrado hacia la naturaleza propio de las civilizaciones ancestrales. Por tanto, vemos que la relación con aquello sagrado no deja de ser una relación de gratitud e intercambio, a la vez que temor ante lo más grande y desconocido. Si embargo, a pesar de ello, hay una identificación entre el hombre y la naturaleza. Así, cualquier intervención que le afecte tanto positiva como negativamente afectará directamente al hombre ya que forma parte de ella. Bajo este concepto, se deben entender todos los rituales de ofrendas a la madre naturaleza.
Nos encontramos en una situación de equilibrio en la que el hombre y la naturaleza forman una unidad y este equilibrio empieza a romperse cuando el ser humano se da cuenta de que puede intervenir en este proceso y modificar –cultivar- el territorio. Esto acaba llevando al hecho de que considere que tiene unos derechos sobre el territorio que trabaja, derechos que desembocan en un sentido de propiedad.
El vínculo de propiedad no comporta una situación de respeto ni de igualdad, sino todo lo contrario, nos sitúa en otro nivel respecto a aquello poseído; ya no somos una parte integrante, el hombre y la naturaleza se han escindido.
¿Fue esta variación el inicio de una catástrofe o, por el contrario, el inicio de una evolución/revolución imparable hacia un mundo mejor? ¿Dónde está la frontera/el límite de estas modificaciones, de esta evolución: históricos, morales, de supervivencia, espaciales, técnicos, científicos…?
Éstas son algunas de las preguntas que surgen cuando pensamos en el paisaje y en el papel que ejerce sobre el hombre en su constante modelación. La obra de los artistas de esta exposición va más allá. Todos ellos transgreden no el concepto de paisaje, sino el paisaje mismo a través de la creación de unos paisajes híbridos que diluyen los límites entre lo natural y lo artificial. Pero a la vez, nos hacen reflexionar sobre qué se puede considerar como natural y qué se puede considerar como artificial. Verdaderamente, hoy en día existe (o ha existido alguna vez) en sentido estricto lo natural? ¿Una familia de guisantes modificados genéticamente según el método de Mendel se puede considerar artificial? ¿Es cuando entra en un laboratorio que es artificial? Como siempre, las preguntas siempre son más que las respuestas…
¿Qué relación se establece entre hombre y naturaleza? ¿Y qué pasa cuando esta relación está mediada por la tecnología y/o ciencia? Es indudable que la ciencia es una estructura de pensamiento y una construcción cultural. Como dice Dora Fried Schnitman, una matriz social más, por bien que la queramos entender, todavía hoy, como un vehículo objetivo, externo a lo personal y humano, externo a lo subjetivo, en definitiva.
Si desde la antigüedad hasta la edad media había una concepción del saber, del conocimiento entendido como una unidad, si bien categorizado, estas categorías no estaban desligadas entre sí. Había tan sólo una oposición entre el conocimiento y la ausencia de conocimiento o ignorancia, entre la luz y la oscuridad, pero el pensamiento era todo un continuum.
Esta concepción empieza a resquebrajarse en el siglo XVII, el siglo de la ciencia, en el que los conocimientos se especializan de tal manera que van perdiendo la conexión entre ellos. Este proceso culmina en el siglo XX, en aquello que C. P. llamará las “Dos Culturas”: la humanística y la científica.
De esta manera, aparecen dos grandes vías de aproximación a la realidad que se desarrollarán paralelamente hasta nuestros días. Como resultada evidente, la propia realidad ha sido la encargada de poner constantemente en entredicho esta escisión, planteando graves problemas filosóficos a los científicos pero, a la vez, aportando planteamientos metodológicos, propios de la ciencia, a los filósofos.
Esta división condicionaría también nuestra aproximación a la naturaleza. Nos podíamos situar ante el paisaje de manera romántica, sentimental, poética, subjetiva, apasionada… o bien de manera científica, fría, objetiva, mesurada, metodológica…No había opciones intermedias, no había gama de grises, ya que una postura invalidaba automáticamente la otra. Así la aproximación científica anulará la visión poética del paisaje y la visión poética la científica.
Hasta que las dos posturas no entran en crisis, de manera autónoma y precisamente por esta voluntad de autonomía y de división, no se empieza a percibir lo que el propio Snow llama unos años más tarde “Tercera Cultura”: una cultura surgida de la unión o, mejor dicho, del encuentro entre la humanística y la científica. Mientras los románticos morían de sentimiento, unos siglos más tarde los científicos morían de inanición sentimental, de asepsia y las dos de desconexión con la realidad. Cada una de las dos culturas tuvo que reivindicar y llevar al límite sus posturas –la una reclamando en su momento el arte por el arte y la otra reclamando la ciencia por la ciencia –para acabar dándose cuenta de que no tenía ningún sentido si se excluían mutuamente.
Fue este el momento en que los románticos se tuvieron que mirar el mundo con un poco más de distancia y los científicos tuvieron que salir del laboratorio y respirar aire puro. Y es en este punto del camino donde se encuentran y establecen los diálogos que los aproximarán, dándose cuenta de que sus posturas no son excluyentes, sino complementarias.
Será durante la segunda mitad del siglo pasado, sobre todo de las últimas décadas, cuando las “Dos Culturas” empiezan su andadura conjunta. Veremos como cada vez más, desde el mundo de la ciencia se reclama la potencialidad creadora y creativa del mundo del arte, pero también como desde el mundo del arte se asumen métodos, planteamientos y tecnologías científicas.
Es en este punto donde la razón poética y la razón científica confluyen y ensanchan sus horizontes respectivos y mutuos para poder avanzar y abrir un abanico infinito de posibilidades. Abanico que aprovecharán tanto los unos como los otros.
Todo este proceso no está exento de cierta tensión entre los elementos que lo conforman –a saber: hombre-naturaleza, naturaleza- tecnología, arte-ciencia…- y que se convierten en el caldo de cultivo idóneo para que surjan nuevos planteamientos, nuevos paradigmas que darán forma al proceso de construcción de la realidad en la que nos encontramos inmersos.
Nos damos cuenta, pues, de como las herramientas tecno-científicas nos ayudan a percibir, conocer y profundizar en la naturaleza y el paisaje, con tal de mostrarnos lo que podemos denominar el metapaisaje que hay detrás de lo que vemos. Nos permiten ver las conexiones ocultas que se construyen a partir de las relaciones y las interconexiones de los elementos que conforman este paisaje.
Es en este contexto dónde surge la poética del paisaje, la poética oculta tan sólo visible gracias a las herramientas y a los métodos de la ciencia y de la tecnología y que los artistas presentados utilizan para enfatizarla o intervenirla. No modifican el paisaje sino que van más allá y, a través de las herramientas y de los métodos, cambian esta estructura oculta, creando nuevas conexiones que la hacen más evidente. Transgreden el paisaje, modificando la esencia de éste.
Nos presentan, a través de diversa documentación (fotografías, vídeos…), la grabación de unos procesos de trabajo y a la vez de la naturaleza, donde observamos como los unos intervienen en los otros provocando la emergencia de nuevos espacios y de nuevas relaciones.
