NAMING LIFE (BAUTIZANDO LA VIDA) - GEORGE GESSERT
Texto publicado en el catálogo EL PAISAJE TRANSGREDIDO
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Las personas dan nombre a las plantas, pero de donde provienen los nombres? Qué nos dicen los nombres de las plantas sobre las mismas plantas? Y qué dicen sobre nosotros los nombres de las plantas ?
Los nombres comunes de las plantas en inglés ayudan a relacionar estos organismos variables con nuestros hábitos, intereses y necesidades. Algunos nombres comunes de plantas, por ejemplo, nos ofrecen consejos prácticos. El árbol del pan es comestible y la Scleria scindens (razor grass o «hierba navaja» en inglés) puede hacer sangrar. Otros nombres describen las características de las plantas: los trilliums forman grupos de tres y las cerrajas tienen la savia blanca y opaca. En otras lenguas, las mismas plantas tienen nombres comunes muy diferentes, pero seguramente entendéis lo que os quiero decir. Los nombres comunes a menudo nos dicen como tenemos que usar una planta o nos indican alguna característica evidente de la planta que nos ayuda a identificarla.
Algunos nombres comunes reflejan la historia. La Datura stramonium, o mala hierba de Jimson en inglés, recibe este nombre por la población de Jamestown, Virginia, donde los pobladores ingleses tuvieron conocimiento de la existencia de esta planta. El hallazgo, que tuvo lugar en el siglo XVII, no fue muy afortunado. Los indios locales, alarmados por el grupo de aventureros y ladrones que habían llegado de quién sabe donde, les dieron de comer esta planta, que causa unas alucinaciones desatadas. Los indios creían que la planta convocaba las fuerzas divinas, pero los ingleses no quedaron iluminados ni acabaron marchándose. A lo mejor, como una manera de desacreditar los poderes de la planta, le pusieron mala hierba.
Como planta sagrada, el nombre mala hierba de Jimson no es adecuado, pero al menos focaliza la atención hacia un momento en el tiempo y un choque de culturas. Esto es más de lo que podemos decir para la gran mayoría de nombres de plantas, que no nos dicen nada en absoluto. Los claveles de moro (zinnia en inglés), por ejemplo, reciben este nombre gracias a John Gottfried Zinn, un profesor de botánica del siglo XVIII de Göttingen. Lo máximo que podemos deducir de este nombre es que los europeos no conocieron la planta hasta después que hubiese empezado la época de la colonización.
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Es un hecho reconocido que los nombres comunes son confusos. La mayoría de países y poblaciones tienen sus propios nombres comunes para las plantas. No es únicamente el nombre que puede hacer referencia a más de un tipo de planta, sino que la misma planta puede tener muchos nombres diferentes. Entre los nombres comunes en ingles para la viola tricolor hay heartsease, love-lies-bleeding, love-in-idleness, johnny-jump-up, kit-run-about, wild pansy, stepmother y bird’s eye. Evidentemente, hay plantas que tienen el mismo número de nombres en otras lenguas.
A principios del siglo XVIII llegaban en masa plantas desconocidas de todo el mundo a Europa, y la nomenclatura y la clasificación llegaron a ser aquello que un profesor de botánica nombraba «los establos de Áugias de la botánica». Como respuesta de este hecho, Linné desarrolló la nomenclatura binaria, que era brillantemente simple. Daba a cada planta un nombre para el género y uno para la especie. En el momento de determinar qué constituía la especie y el género, Linné se alejaba de las características superficiales de las plantas, como los colores de las flores, y se centraba en los rasgos más constantes y significativos de las flores: las estructuras o sus órganos reproductivos.
Algunos lo consideraron un escándolo. El académico de Sant Petersburgo Johann Siegesbeck calificó el sistema linneano de “prostitución repugnante”; se preguntaba como se lo hacían las campanillas, los lirios o las cebollas para soportar aquella inmortalidad. Lo que resultaba más ofensivo para Siegesbeck no era que Linné pareciese obsesionado por el sexo, sino que si las plantas eran realmente órganos sexuales, entonces el mundo del florecimiento era un panorama de promiscuidad, donde predominaban pecados como el incesto i la autofertilización. Tal como lo veía Siegesbeck, el sistema de nomenclatura binaria validaba el libertinaje.
Linné decidió no responder directamente estos ataques, pero nombró una mala hierba pequeña y poco atractiva con el nombre de Sigesbeckia orientalis. Pero el precio que tuvo que pagar Linné fue muy alto. Dado que se había formado para ejercer de médico, decidió montar una consulta en Estocolmo, pero por la mala reputación que le daba Siegesbeck, no acudían pacientes.
Curiosamente, el libertinaje, aunque no el suyo, salvó a Linné del desastre. En las tabernas de Estocolmo encontró hombres que sufrían gonorrea. Trató algunos con éxito y el boca-oreja funcionó. Con un año tenía tantos pacientes que se quejaba de que no tenía tiempo para la familia ni para los amigos. Finalmente, la corte se enteró de la existencia de su consulta y el rey de Suecia lo nombró profesor de medicina y botánica en la Universidad de Uppsala, y Linné permaneció en Uppsala el resto de su vida.
La nomenclatura binaria no es un nombre muy adecuado, ya que no da dos nombres a cada planta, sino un mínimo de seis. Estos corresponden a la división, la clase, el orden, la familia, el género y la especie de la planta. De esta manera, la mala hierba que debe su nombre a Siegesbeck se llama Plantae Angiospermae Dicotyledoneae Compositae Sigesbeckia orientalis. Suena como el nombre de un rey o de una gran duquesa, pero es elegantemente sobrante, teniendo en cuenta que relaciona la planta con otras criaturas vivientes.
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Una inmensa mayoría de binomios de plantas rememoran personas, especialmente botánicos, sus mecenas, amigos y familiares. El cambio que va de los nombres descriptivos a nombrar plantas con nombres de personas se vio favorecido por el número de plantas desconocidas que llamaban la atención de los botánicos europeos después de los primeros viajes en busca de nuevos territorios. Después de la lutea número cincuenta o de la hirsuta número cien, el atractivo y la utilidad de los latinismos descriptivos debieron quedar muy reducidos.
El cambio también reflejaba el florecimiento del humanismo. El humanismo tendía a visualizar el mundo como un tesoro de recursos para servir las necesidades y los deseos del ser humano. Los nombres de las plantas podían formar parte de este gran proyecto. Por ejemplo, el organismo más destacado del rincón del mundo donde vivo es un árbol magnífico que se llama Douglas Fir. Recibe este nombre por David Douglas, un explorador de plantas escocés que llegó al noroeste de los Estados Unidos durante la década del 1820. Contribuyó al hecho que este árbol fuese conocido entre los jardineros europeos.
El binomio de este árbol es Pseudotsuga menziesii y homenajea otro hombre: Archibald Menzies, el médico escocés que identificó el árbol en 1791. Hoy en día, cuando se habla o se escribe el nombre de este árbol en inglés, se evoca a uno o a otro.
Estos nombres no recuerdan sólo a individuos, sino también los valores que representan. En el caso del Douglar Fir, los valores son ciencia, horticultura europea y humanismo.
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En la China la creencia que los seres humanos no están relacionados con los animales y las plantas y que son superiores a éstos no arraigó nunca. Puede que sea por esta razón que los chinos casi nunca no han puesto nombres de personas en las plantas. La mayoría de las plantas tienen nombres descriptivos, o se han nombrado a partir de otras plantas, o a veces por artefactos animales o humanos. Por ejemplo, Amaranthus tricolor es Ianlaihong, que significa “rojo cuando llegan las ocas salvajes”. Las rosas son “flores con perfume de bosque”. Y la gardenia, que en inglés rememora la figura del Dr. Alexander Garden, un amigo de Linné, para los chinos es “copa de vino”.
Las únicas plantas que reciben el nombre a partir de personas son algunas de las ornamentales, que no rememoran tanto individuos como familias. Hay una peonia que se llama Yao Huang, que significa “familia Yao amarilla”. Pero los nombres más habituales para las peonias son “dos bellezas” o “fénix blanco”.
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El antropocentrismo, la creencia que defiende que los seres humanos son la finalidad última del universo, es mayoritariamente un fenómeno occidental, que se encuentra en la Bíblia e incluso antes: en Mesopotámia. En el Génesis, Dios crea los seres humanos a imagen suya, desligados de las bestias, que sólo existen a imagen de ellas mismas, una imagen propia, menor y vinculada a la tierra. El mensaje es claro: nosotros somos como Dios; las bestias, no. El Génesis refuerza este mensaje al describir la manera como las plantas y los animales van recibiendo su nombre. Dios lleva todas las criaturas vivas delante de Adán para que él les de nombre. Una vez acabada la tarea, Adán se duerme y, sin ser consciente de ello, Dios le saca una costilla y la transforma en su compañera. Cuando Adán se despierta después de aquella cirugía obligatoria, se la encuentra delante y le da el nombre de Mujer.
Los paralelismos entre la denominación de las criaturas por parte de Adán y la creación del universo son sorprendentes. Según el Génesis, las dos actividades son masculinas. En ambas hay implicadas palabras y surgen de la realidad incorpórea: Dios obtiene existencia de la nada mediante el habla; Adán obtiene nombres de su mente y de su alma. Y las dos actividades son agotadoras: después del sexto día Dios descansa, y después de haber dado nombre a las criaturas, Adán duerme.
Desde la óptica de la Bíblia, dar nombres demuestra poder y establece jerarquías. El hombre da nombres, pero los otros organismos no, lo cuál refleja el abismo que separa el hombre de las demás criaturas. También hay una división secundaria entre el hombre y la mujer. Adán da nombre a Eva. Se supone que ella se parece bastante a Adán para poder inventar nombres por su cuenta, pero cuando Dios le da vida, el lenguaje ya está creado.
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Los nombres que reivindican la superioridad humana en el orden de las cosas no son mucho más que expresiones de deseos. Los deseos son muy humanos y pueden llegar a ser divertidos, tristes o trágicos. En Europa, durante la Edad Media, mucha gente creía que Dios velaba tanto por ellos que dotó todas las plantas de una señal que, si se interpretaba correctamente, indicaba un uso concreto. Por ejemplo, las plantas con flores o raíces amarillas podían curar la ictericia. Los complejos colores de los lirios eran el medio que Dios tenia para insinuar que podían servir para los morados. Los chopos, las hojas de los cuáles se agitan con la brisa más imperceptible, aligeraban la parálisis.
En el siglo XVI, esta creencia en el papel que la necesidad humana tenía en los designios de la naturaleza fue detallada en la Doctrina de las Firmas, que se convirtió en la base de la farmacología. Muchos nombres de plantas que en inglés todavía usamos se remontan a la Doctrina de las Firmas. De esta manera, la lengua de serpiente era un antídoto para las picaduras de este reptil, y la dentaria, que tiene unas hojas con forma de muela, se aplicaba precisamente para el mal de muelas.
No hay duda de que algunas de estas plantas tenían efectos placebo, un poder que no deberíamos subestimar. Si bien los efectos placebo no son del todo fiables y, hoy en día, por ejemplo, sabemos que los pensamientos no sirven para curar, tampoco esperemos que las hepáticas curen afecciones de hígado, ni que las escabiosas contribuyan a la formación de costras (scabs en inglés), ni que la planta que en inglés se llama leopard’s bane (literalmente, “la plaga del leopardo”) ahuyente este animal. Los nombres perduran, pero, poco a poco, han dejado de estar al servicio de la óptica antropocéntrica. Como mucho, nos recuerdan nuestra vulnerabilidad frente a las explicaciones interesadas. Actualmente, las plantas que fueron nombradas a partir de la Doctrina de las Firmas acumulan asociaciones específicas de las mismas plantas. El tiempo, dicen, es el mejor artista. Supera incluso las falsas creencias más preciadas.
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Los antiguos egipcios llamaban maus a los gatos. Los mejicanos que hablaban náhuatl llamaban a los pavos reales huacalotes, que se parece mucho a su grito. A veces incorporamos al lenguaje aproximaciones de los sonidos que hacen los animales como si adoptáramos nombres que ellos se pusieron a si mismos.
Pretender esto con las plantas es imposible. Están tan desprovistas de lenguaje como el cielo y, en consecuencia, sus nombres estimulan la imaginación. El género Dianthus es la flor de Zeus, ya que proviene del griego di, o “Zeus”, y de anthos, que significa “flor”. Pero la relación entre este género y Zeus ha quedado en el olvido. No obstante, estas plantas crecen en Creta, donde según la tradición nació Zeus.
El caso es que los nombres de algunas plantas se han usado durante tanto tiempo que se ha perdido el significado originario. Según algunos expertos, la palabra rosa podría ser la palabra de origen ario vrod, que venía a significar “creencia”. Otros opinan que la raíz podría ser la palabra céltica rood o rhudd, que significaba “rojo”. En todo caso, originariamente la rosa no era una rosa. Transcurrió mucho tiempo antes que la palabra se estableciese irreductiblemente como una especie concreta de planta.
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Los lirios se llaman así por la diosa griega del arco iris. Iris transmitía mensajes de los dioses a los mortales, pero no llevaba nunca mensajes de los humanos a los dioses. El servicio de comunicación que ofrecía iba sólo en un sentido, un poco como la televisión o las películas.
La inspiración sólo va en un sentido. Una vez Duchamp dijo que no había ningún artista que pintase más de siete cuadros. La interpretación que hago es que ningún artista no puede esperar recibir mensajes de los dioses más de siete veces. Podemos discutir sobre los dioses, naturalmente; pueden ser acontecimientos electroquímicos; pero lo que importa es que los mensajes no se originen en lo que se puede identificar como uno mismo. El rasgo distintivo de la inspiración es que proviene de otro sitio. Como resultado de esto, la práctica del arte acostumbra a ser humillante. Los artistas pueden ser arrogantes con otras personas, pero no pueden serlo con la inspiración, porqué no hay ninguno que la controle. El nombre iris nos recuerda el poder de los dioses, que no adoptan necesariamente una forma humana y ni tan siquiera la de un ser vivo. Los lirios nos recuerdan que la voluntad humana no es la única alternativa para llegar al poder.
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La domesticación de las plantas empezó como mínimo hace 12.000 años. Desde entonces, las personas han seleccionado plantas sin saber nada de genética ni de su sexualidad. A pesar de que muchas especies de plantas fueron domesticadas y se crearon ornamentos sumamente refinados de ellas, como por ejemplo la mayoría de las flores que pintaron los pintores holandeses del siglo XVII, o las impresionantes azaleas dibujadas en el Pillow Book (Libro del cojín), una guía japonesa publicada en 1692, nadie conocía el origen de aquellas flores. Incluso en el siglo XVII, cuando aparecieron plantas con formas, diseños y colores nuevos, el cambio se atribuyó a conjunciones de planetas o directamente a Dios.
Los poetas estuvieron más cerca de adivinar la fuerza que favorecía la aparición de nuevos híbridos. En 1681 Andrew Marvell escribió:
“Para satisfacer su vicio, el hombre opulento sedujo el mundo y cautivó las flores del campo, donde la naturaleza era más limpia y pura.”
Excepto para el moralismo poco sutil, esta es una descripción más o menos exacta del proceso evolutivo que implica la domesticación de las plantas ornamentales. Nosotros domesticamos plantas ornamentales para reflejar en ellas nuestros sueños, nuestros valores, nuestros hábitos y nuestras preferencias estéticas. Y también nuestros vicios. Es por este motivo que nuestros sueños, nuestros valores, nuestros vicios y nuestras predilecciones estéticas tienen consecuencias evolutivas para las plantas. Y, evidentemente, también para los animales.
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En 1694 Rudolf Jacob Camerarius publicó Epistola de sexu plantarum, donde identificó el pistilo como órgano femenino de las flores, el estambre como órgano masculino y el polen como el agente fertilizante. Este descubrimiento posibilitó el conreo de plantas tal y como lo conocemos actualmente.
Los primeros criadores de plantas ornamentales fueron artesanos que en su tiempo libre hibridaban plantas ornamentales. En Inglaterra, estos criadores aficionados, llamados floristas, se reunían en los pubs, donde bebían, competían exponiendo sus híbridos e intercambiaban información horticultural. Las plantas que criaban los floristas artesanos tenían que reunir unos criterios muy concretos: las plantas tenían que ser lozanas, muy variables y perennes, y se tenían que reproducir tanto sexualmente como vegetativamente. La reproducción sexual era necesaria para producir nuevas variedades, pero la reproducción vegetativa también era necesaria para que las nuevas variedades se pudiesen propagar sin experimentar cambios posteriores.
En aquella época, entre las plantas que se cultivaban, sólo había algunas que cumplían todos estos requisitos. Los claveles, los tulipanes, los jacintos, las prímulas, los ranúnculos y las aurículas eran muy populares entre los criadores del siglo XVIII. En el siglo XIX hubo otros que se añadieron a la lista, entre las cuáles las violas, las dalias, los geranios, las camelias, las rosas, los lirios y los guisantes de olor. Hoy en día cerca de un millar de viveros de plantas ornamentales evolucionan gracias a la guía humana.
Des de el principio, los criadores de plantas ya ponían nombres a sus creaciones. Entre los nombres que ha tenido la aurícula des del 1785 hay Popplewell’s Conquerer, Gorton’s Champion y Wrigley’s Northern Hero. Más tarde encontramos Taylor’s Glory y Jolly Tar. Con estos nombres se conmemoran victorias, gestos deportivos o hechos relacionados con la marina.
Durante buena parte del siglo XIX, el conreo de plantas ornamentales continuó asociándose a los artesanos. En un país tan clasista como Inglaterra, se los consideraba demasiado ignorantes y vulgares para crear arte serio. Ruskin, probablemente el crítico de arte más importante y el árbitro del gusto inglés de la era victoriano, censuró el conreo de plantas ornamentales, una práctica que consideraba depravada. Para él los problemas iban más allá de las clases y de la promiscuidad sexual: los criadores de plantas las alteraban hasta convertirlas en algo que no tenia nada que ver con su forma original y, por tanto, vulneraban la naturaleza de las plantas. Hicieron falta los decadentes del fin de siglo para convertir la impureza en virtud y para conceder un grado de respeto estético al conreo de plantas.
Pero entonces, ya se habían puesto los fundamentos de otro tipo de respeto. A mediados del siglo XIX, unos cuantos clericales empezaron a probar suerte en el cultivo de plantas. Gracias a ellos aparecieron aurículas con nombres como Adonis o Cicerón, nombres que presuponían un conocimiento de los clásicos. Durante la segunda mitad del siglo XIX, los nombres de esta planta van anunciando cada vez más una educación formal y poseen de manifiesto las circunstancias sociales que la favorecen. A finales de siglo tenemos aurículas nombradas a partir de miembros de la realeza como la reina Alexandra. El conreo de aurículas había llegado a la clase media.
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Los nombres de lirios del siglo XIX siguieron el mismo camino. Los primeros experimentos en el conreo de lirios tuvieron lugar en Alemania y Francia a principios de siglo.
La crianza de lirios llegó a Inglaterra durante la segunda mitad del siglo XIX, una época en qué el conreo de plantas ornamentales ya había engarzado el camino del respeto. Con motivo de ello, en Inglaterra los nombres de lirios reflejaban des del principio valores y preocupaciones de la clase media: Neptuno y Princesa Beatriz son suficientemente representativos. Kashmir White y Amas, por Amasra, en el Ásia Menor, son nombres que provienen de sitios donde se originó la especie del lirio azul, pero también revelan la fascinación por el Oriente de los últimos tiempos de la época victoriana.
El conreo de lirios llegó a los Estados Unidos poco después de haberse iniciado en Inglaterra y floreció durante las primeras décadas del siglo XX. Los nombres de los lirios americanos de aquella época reflejaban un conjunto de valores y expectativas muy parecidas a los de los criadores ingleses de clase media, pero sin poner tanto acento en los títulos aristocráticos. New Albion y Lent A. Williamson fueron dos de los nombres más populares de esta planta de los Estados Unidos antes de la Primera Guerra Mundial.
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La década del 1920 representa un momento decisivo para los nombres de lirios. Las costumbres prebélicas hacen que entre los nombres que se dan a los lirios continúe habiendo híbridos como Quaker Lady –nombres que evocan los valores tradicionales-, pero el nombre Melodrama ya es un augurio de futuro.
Mientras la cultura consumista avanza hacia la madurez, el entretenimiento se dirige al centro de la conciencia. Durante las décadas siguientes, los nombres de lirios anuncian cada vez más la mercantilización de la vida y su prioridad: la diversión.
En los Estados Unidos los lirios contemporáneos han sido nombrados a partir de diversiones tan diferentes que nos haría falta una taxonomía. Hojeando libros y catálogos sobre lirios, he encontrado nueve grandes categorías de diversión: soñar despierto, viajes, entretenimientos populares, comer y beber, mujeres bonitas, amor, sexo lícito, posición social e irregularidades. Damos una ojeada a algunas de estas categorías.
En los norteamericanos, las destilaciones turísticas y las fantasías de viajes se reflejan en nombres como Gala Madrid, Fly to Vegas y Tahiti Surprise. Las islas son muy populares y Hawai es la más popular de todas. Podemos comprar clones de Hawaiian Holiday, Hawaiian Moonlight y Hilo Shore. Son nombres que no tienen nada que ver con los lirios, los cuales no crecen bien en los trópicos.
Los nombres de lirios homenajean a casi todos los entretenimientos populares. Hay lirios televisivos (Designing Women o Lawrence Welk) y lirios circenses (P.T. Barnum). Entre los lirios de las artes visuales hay Graphic Art y Beaux Art. Entre los lirios de cómic hay Superman y el superratón Mighty Mouse. Hay un lirio Ringo y un lirio Rock Star, y también el Santana. Pero el teatro y el cine se imponen claramente. Podemos conrear un jardín lleno de lirios de escena y de la pantalla grande, incluyendo de Broadway y Off Broadway, de Show Biz y Actress, de Dress Rehearsal, Tinsel Town y Pink Scarlet.
Otra fuente de inspiración a la hora de bautizar lirios es el comer y el beber, o más bien los postres y los refrescos. Lirios Banana Cream y Gingersnap pueden compartir un bordillo con Orange Crush, Raspberry Ripples y Lime Smoothy. Si preferimos el alcohol, los hay de Mulled Wine y de Lillac Champagne. Lo que todos estos tienen en común son las calorías. El Sugartime lo resume todo. Tenemos una susceptibilidad genética respecto a las cosas dulces. Evolucionamos en la sabana, donde el azúcar siempre escaseaba, y por esto nunca tuvimos que decir que no, hasta ahora.
El capitalismo, que llegó a la escena mundial con el comercio del azúcar y el tabaco, explota nuestras debilidades genéticas. Nosotros somos el animal que se engaña a si mismo. La cultura consumista es la personificación del espíritu engatusador. Y los lirios también nos explotan. Han evolucionado en formas que nos incitan a cuidarlos y a darles nuevos hogares. Con todo, no hay ningún lirio que se llame comercio de opio.
Los nombres de lirios contemporáneos demuestran que las mujeres son tan populares como los postres. Por Internet se pueden pedir lirios Dream Girl, Miss California y Homecoming Queen, así como Play Girl o Femme Fatale. El amor también es amigo del consumismo con nombres como Cupid’s Arrow o Chapel Bells. Añadid Lingering Love en el carro de la compra, y también Spanish Affair. Y qué me decís, de Street Walter o Satin Satan?
Es probable que la homosexualidad esté implícita en algunos nombres de lirios. En los Estados Unidos los gays son en la horticultura ornamental lo que los negros son al básquet, pero el conreo de plantas no es partidario de salir del armario. Para conrear plantas hace falta tierra, que es muy barata en el campo pero no en la ciudad, razón por la cuál el conreo de plantas es más fácil en el campo. Los norteamericanos que viven en el campo suelen ser intolerantes con la homosexualidad explícita, de manera que los homosexuales rurales tienen que ser discretos. A lo mejor esto explica las pocas referencias directas a la homosexualidad que se encuentran en los nombres de los lirios, a pesar que hay un RuPaul en honor a uno de los travestís más famosos de los Estados Unidos.
A diferencia de los homosexuales rurales, los que viven cautivados por la posición social no necesitan ser discretos. Se anuncian en nombres de lirios como Social Register, Gold Cadillac y Stately Mansions. La América contemporánea está claramente dividida en clases y, con la llegada al poder de Ronald Reagan y de la dinastía Bush, la hereditaria elite económica ha gozado del visto bueno del público hasta el punto que algunos nombres de lirios como His Lordship apuntan a la nostalgia del feudalismo. Por este motivo, todavía hay más lirios con nombres como Millionaire y Billionaire.
La única categoría de diversión que tiene alguna relación con los lirios es la de las irregularidades. En este caso, son irregularidades que deforman los pétalos de distintas plantas y les confieren un aspecto de papel de caramelo machucado. Hay pocos lirios salvajes que las tengan. Salvo alguna extraña excepción, sólo aparecen si se cultivan, y no en cualquier tipo de cultivo, sino solamente a partir de una selección exhaustiva y permanente. En la década del 1940, cuando ya se cumplían 3.000 años de la detección de lirios azules y un siglo que éstos se criaban intensamente, había realmente pocos de arrugados. Pero hoy en día, casi todos los nuevos y altos lirios azules tienen arrugas. Los hay que también tiene lo que podríamos llamar punta: minúsculas irregularidades a lo largo de los bordes de los pétalos que dan a las flores un aspecto rizado y deshilachado. Por no muchos dólares, ahora podemos conrear Bubbling Lace, Floradora Flounce y Porcelain Frills.
Las irregularidades no se encuentran únicamente en lirios conreados, sino también en pensamientos, lirios de San Juan, catleyas, petunias y en muchas otras flores. Todas ellas han sido criadas para que se parezcan un poco. La irregularidades equivalen a belleza genérica, a kitsch genético. Son diseñadas para los grandes almacenes globales. Aquí todo se vende y todo se puede tirar, incluyendo la vida. Esto es nihilismo con cara de felicidad, o puede que solo sea moda. Pero a diferencia de los peinados o de la música popular, los estilos genéticos suelen perdurar unas cuantas décadas.
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Los artistas fueron de los últimos que pusieron nombres a la vida. Edward Steichen, el primer artista reconocido que reivindicó el conreo de plantas como arte, probablemente no bautizó ninguno de sus híbridos hasta la década del 1920.
Él creía que el conreo de plantas se parecía a la poesía y puso nombre a distintas espuelas con nombres de poetas. Entre los híbridos de Steichen hay Carl Sandburg, William Carlos William, Archibald MacLeish y Paul Claudel. Hoy en día solo se puede adquirir uno de los híbridos de Steichen, la espuela azul celeste Connecticut Yankee, que se llama así por una novela de Mark Twain: A Connecticut Yankee in King Arthur’s Court.
Poniendo nombres de poetas a las espuelas, Steichen quiso remarcar la seriedad del conreo de las plantas ornamentales. Mientras, en 1936, Steichen exponía espuelas en el Museum of Modern Art, el contexto cultural equivalía a un esfuerzo del mundo artístico norteamericano para definir el arte moderno. No había acuerdo sobre si el arte de verdad incluía cosas como cristalerías fabricadas en serie, mobiliario doméstico u objetos de oficina, y todavía menos espuelas híbridas.
A pesar de todo, havia un consenso general según el cual algunas fuerzas eran antitéticas respecto al arte. El crítico Paul Rosenfeld habló en nombre de muchos cuando en la década del 1930 declaró: “El principal enemigo del arte [es] la moderna publicidad mercantil”.
Hoy en día esta suposición ya no se aguanta. El arte, como el resto de la vida cultural, se ha tenido que acomodar a la publicidad y a las fuerzas del mercado que llegan casi a todas partes. Como consecuencia de esto, las antiguas conexiones entre el arte y el entretenimiento y entre el arte y la moda se han difuminado. Pero no del todo: la memoria del arte se remonta muy atrás, y el arte tiene muchas estrategias sutiles, así como su trayectoria e inercia, afectadas por el mercado pero también separadas de éste. El poeta Joseph Brodsky, por ejemplo, decía que él creaba para el pasado. La interpretación que hago de esto es que creaba para obtener el visto bueno de los antepasados espirituales. Estos antepasados reparten bendiciones y maleficios que nos despiertan del presente.
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Desde la década del 1930, los artistas han expuesto obras vivas y, aproximadamente durante los últimos quince años, han dado nombres a seres vivos. A veces, como en el caso de Superweed, de Heath Bunting, parece que el hecho de dar nombres se de casi sin querer, porqué las obras vivas necesitan títulos de la misma manera que los necesitan las que están hechas de materiales sin vida. Pero a veces nombrar es diferente que titular. El ejemplo más conocido es el conejo fluorescente de Eduardo Kac: le puso Alba pero el proyecto del que Alba forma parte se titula GFP Bunny.
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El otoño de 1992 hice un montaje titulado Mirrors (Espejos) para el Marylhurst College d’Oregon. Mirrors incluía dieciocho híbridos nombrados de narcisos adquiridos por correo a través de catálogos. Planté los narcisos en un parterre a lo largo de la acera que llevaba a la sala de exposiciones del colegio y puse un nuevo nombre a cada narciso. Por ejemplo, Erlicheer, un narciso blanco, doble y peludo, se convirtió en Mashed Potatoes porqué sus flores me parecían un puré de patatas. El Rei Alfred, que todavía es el narciso más famoso del mundo más de un siglo después de haber sido criado por primera vez, pasó a ser Genetic Folkart. Y así sucesivamente, con nombres como Patent Number 352A, Fun Life, Malice y Neurotic Rose. Quise reintroducir un elemento de oscuridad en los nombres de las plantas, lo cual se había perdido durante el siglo XX. Hoy en día los nombres de las plantas son demasiado uniformemente claros, demasiado divertidos. Como dijo Paul Klee: “el arte sin oscuridad es como las matemáticas sin impares”.
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Los artistas pueden titular sus obras como quieran, pero en los Estados Unidos, para qué los horticultores acepten el nombre de una planta, el productor de híbridos tiene que solicitarlo en la sociedad nacional de plantas correspondiente. Entonces la sociedad en cuestión acepta o rechaza el nombre. Lo rechazan si el nombre propuesto ya se utiliza para otra planta del mismo tipo o cuando un híbrido se parece demasiado a una planta que ya tiene nombre. El verano pasado, por ejemplo, propuse bautizar un lirio con el nombre de mi esposa, pero alguien ya había utilizado el nombre de Kate.
Los nombres registrados tienen que tener un máximo de tres palabras, si bien en circunstancias especiales te pueden permitir añadir otra. Gracias a este hecho, pude bautizar un lirio con el nombre de un amigo que tiene cuatro palabras: Rainer von der Schulenburg.
Ahora bien, dar nombre a una planta con un nombre de cinco palabras es imposible. Con el sistema de registros actual no tendremos nunca una flor que se llame Novia desnudada por sus pretendientes.
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Yo también he seguido el ejemplo de Steichen y he puesto nombres de poetas a las plantas, com John Witte y Allen Grossman. También les he puesto nombres de artistas. Puse Edward Steichen a un streptocarpus, y Mark Tobey a otro. Entre los lirios hay Robert Smithson, Eduardo Kac y Olaf Stapledon. La novela de Stapledon Last and First Men, del 1930, vaticina civilizaciones basadas en la genética y ve el arte genético como la forma de expresión más destacada.
El año pasado puse Show Donkey a un lirio en honor al gran artista chino Chu Ta. Chu Ta nació el 1626 y era descendiente del primer emperador Ming. A causa de su ascendencia, se enfrentaba a una más que probable ejecución cuando los manchús se apoderaron de la China el 1644. Chu Ta huyó de su ciudad natal y se refugió en un monasterio budista. Fue monje durante más de treinta años y llegó a abad. Pero finalmente, dejó el monasterio y se casó. Parece ser que su matrimonio fracasó y no tuvo hijos. Entonces dedicó el resto de su vida a la pintura. Utilizó muchos pseudónimos, entre los cuales Asno Nevado (snowy donkey en inglés). Simuló que estaba loco, o puede que lo hubiera sido de verdad: los historiadores del arte no se ponen de acuerdo en este aspecto. Pero su arte vagaroso cumple los ideales chinos de la excentricidad, la volatilizad y la antigüedad.
Entre mis streptocarpus también hay Laurie Anderson y Ruth Currier. Cuando mi mujer y yo vivíamos en Nueva Cork, Ruth tenía el piso debajo nuestro. Bailaba con el grupo José Limón y lo dirigió durante un tiempo. Como artista siempre fue un modelo de integridad. Juntos construimos un jardín en un tejado, pero acabó siendo tan exuberante que una parte del tejado se hundió durante un temporal.
Cuando pones nombre a una planta con el nombre de una persona viva, esta persona te lo tiene que autorizar por escrito. A mi me gustaría dar nombre a un lirio con el nombre de Margaret Atwood, la autora de Oryx and Crake, que en mi opinión es la mejor novela sobre biotecnología que se haya escrito nunca. Pero como no me contestaba los correos electrónicos, finalmente no lo pude hacer.
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La mayoría de mis nombres de planta son como Douglas Fir: rememoran individuos y los valores relacionados con ellos, pero dicen poca cosa sobre las plantas. Este hecho me crea un pequeño conflicto. No hay duda que las plantas se merecen un nombre propio. Pero cuál es su nombre real? Las plantas son ejemplos perfectos de arte no figurativo. Sólo se representan a si mismas. En el arte no figurativo hay una tradición de no titular las obras. Kandinsky, y sobretodo Mondrian, fueron los pioneros de esta tradición con no-títulos como Composición III. Durante los años cincuenta, sesenta y setenta, hubo exposiciones compuestas íntegramente de obras sin título, o con títulos que apostaban deliberadamente por la desinformación, como Número 99 o Cuatro rojos. No hay duda que los artistas genéticos pueden aprender muchas cosas de estos experimentos a la hora de titular.
Al final, al lirio Margaret Atwood le puse Untitled (Sin Título). Sin embargo, me parece que con las plantas siempre solemos decantarnos por nombres más distintivos. Los seres vivos, independientemente de si los reivindicamos como arte, forman parte de la familia, y todos los miembros de la familia tienen que tener su nombre propio y único.
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Hay cosas sobre el futuro que son bastante seguras. Sabemos, por ejemplo, que o bien desarrollaremos una cultura sostenible, o bien sufriremos las consecuencias de ello, como cualquier criatura que daña o agota su entorno. Los nombres tendrán un papel destacado tanto en un futuro como en el otro, porqué los nombres afectan nuestra visión de las plantas y de los animales de los cuáles dependemos. Durante los próximos años puede que tengamos que renombrar muchas criaturas.
Hace tan poco que los artistas dan nombres a la vida que la única cosa que podemos hacer es conjeturar sobre lo que aportaran a los nombres de las plantas y los animales. A diferencia de las otras disciplinas, el arte puede intervenir en todo lo que conocemos, en lo que somos y en lo que podemos imaginar. La amplia envergadura del arte nos brinda una oportunidad inmejorable para cumplir una promesa del lenguaje: llenar el agujero entre nuestra mente y el gran mundo.
