ESTÉTICA DE LA NATURALEZA: Las transformaciones del paisaje americano - Antoni Marí

El descubrimiento de América, en los últimos años del siglo XV, a parte de suponer la dilatación de la tierra conocida, supuso, en la imaginación de los ciudadanos europeos, la aparición de un espacio incólume y virgen que no había participado de la historia de Occidente ni de los avatares que acometieron a un continente gastado por los años y las guerras.
El Nuevo Mundo se reveló a los ojos de toda Europa como un espacio privilegiado donde los hombres podían gozar de una vida libre, alejados de la complejidad de la vida moderna y de la dificultad de sobrevivir en un continente asolado por las luchas religiosas y las guerras nacionales.
La aparición del continente americano despertó el sueño de que allí, en la Nueva Tierra, podía reconstruirse la vida de los hombres, lejos de la civilización y cerca del origen del mundo. Porque el viaje a América era el viaje de retorno a la vida sencilla, próxima a la naturaleza y alejada de los hábitos, las leyes y las costumbres que atenazaban la existencia de los que no participaban de los privilegios de la civilización. El descubrimiento de América supuso el descubrimiento de la vida salvaje y del hombre salvaje, ambos revestidos de las cualidades y las virtudes que los europeos le concedían.
América recogió la proyección de todos los deseos que no podían realizarse en Europa, y el mayor de todos era el deseo de liberarse de cualquier autoridad que infringiera los derechos de los hombres, exigidos desde el humanismo. Allí, los perseguidos por la ley, los disidentes de cualquier ideología y religión establecida, o los nostálgicos de un orden perdido del mundo, imaginaron un lugar que colmaba todas las aspiraciones y permitía a los hombres su propia resolución. América era, pues, el Paraíso, el Edén, la Arcadia, la Tierra Prometida, el único lugar posible donde el hombre podía realizarse en toda su plenitud, lejos de la decadente Europa.
En la Nueva Tierra los hombres debían ser felices, como lo fueron los europeos en su origen, puesto que renovaban el pacto de alianza con la naturaleza, que impone su propio ritmo a través de los ciclos y de las estaciones. Los de la Nueva Tierra eran inocentes y buenos, ya que sus existencias se mantenían fieles a la voluntad de la naturaleza y desconocían la ambición y la soberbia de una cultura (la occidental) que se había alejado definitivamente de la sencillez y de la vida primitiva, substituyéndola por el refinamiento de la vida civilizada.
Este sueño europeo, arcádico y pastoral, que proyectaba su imaginación en las tierras de América, dio sus frutos y cristalizó bajo formas literarias diversas, formas que tenían como tema el sueño edénico y arcádico donde la humanidad, alejada de los valores de la civilización, realizaba sus deseos en la proximidad de la naturaleza, tal y como creían los europeos que sucedía en América.
Jacopo Sannazaro, poeta de la corte de Nápoles, escribió, en 1504, L’Arcadia, la primera manifestación literaria de este espíritu utópico. El héroe del poema, de nombre Sincero, decepcionado por el artificio de la ciudad, se recoge en la Arcadia donde comparte la vida con los pastores; seres ingenuos que le dan a conocer los privilegios de la vida rural. Cincuenta años más tarde, apareció La Diana de Montemayor, en donde se muestra el deseo de los europeos de reencontrar los valores primigenios de la vida natural y su necesidad de retornar al mundo antiguo, en donde prevalecen los valores del humanismo. La Arcadia del británico Sir Philipp Sidney, poema que dio lugar al gusto por los temas pastorales en poesía, teatro, novela, ópera, pintura y arquitectura.
Con el descubrimiento de América se desarrolla en Europa el debate sobre el hombre natural y se actualiza el mito de la Arcadia y el Edén. Los viajeros de las Américas ofrecieron a Tomás Moro los materiales para su Utopía e inspiraron La tempestad de Shakespeare, así como la Nueva Atlántida de Francis Bacon. Del mismo modo, la isla donde Robinson Crusoe permanece tantos años se sitúa en las costas de América, en la desembocadura del Orinoco. Y Goethe, Schiller, Hölderlin y Hegel imaginan y piensan cómo deberá ser ese lugar, idéntico al pensamiento, al que llaman América.
El ideal europeo de una tierra virgen donde el hombre puede realizar su ideal de humanidad llegó a América del Norte, sobre todo a Nueva Inglaterra, en el siglo XVII, con la llegada de los puritanos, obligados a exiliarse de Inglaterra después de su derrota en las guerras de religión. Esta secta protestante espera crear el reino de Dios sobre la Tierra; no como los anglicanos, que pretenden asegurarse el cielo después de la muerte. La visión del mundo de estos nuevos americanos es todavía teocéntrica, pero su ímpetu expansionista, el deseo de ver realizado su sueño, son los elementos que proporcionan valor y fortaleza para llevar a cabo el ideal. Un ideal que se concreta, a la vez, en la voluntad de crear una misión. En la Autobiografía de Thomas Shepard, puritano británico que llega a Nueva Inglaterra en 1635, queda explícito que “en América, y no en Europa, podré encontrar mi propia realización como sujeto político”. “El señor ha mostrado su ternura hacia mi… conduciéndome a la Tierra de la Paz, al lugar del juicio. Allí donde el señor creó al salvaje indio que conspira para la muerte de todo lo inglés. (Where the lord hath made the savage Indians who conspired the death of all the english)”.
La conciencia de que están en un mundo nuevo donde tiene lugar un juego de una importancia suprema, del que ellos forman parte, transforma a los puritanos en heroicos y ejemplares. Su primera voluntad es huir de Inglaterra de un poder que les amenaza, y saben que instalándose en la Nueva Tierra podrán construir las instituciones religiosas según su gusto y exigencia.
Contemplada desde Europa, América ofrece a los gobernantes perspectivas de una racionalización del espacio y de relaciones sociales imposibles de realizar en el viejo continente, petrificado por las tradiciones y el derecho feudal. América constituye, para los Puritanos, la Tierra Prometida donde construir la Iglesia de los Santos. Para ellos el Nuevo Mundo, donde se instalan sin ánimo de volver a su lugar de origen, es superior a la nostalgia por retornar al Viejo Mundo, puesto que está construido a imagen de la utopía.

Al poco tiempo de llegar a América, la utopía, acariciada desde tanto tiempo, se muestra como un lugar nefasto. La naturaleza es, en todo su sentido, inescrutable. La tierra, en muchos lugares todavía virgen, se resiste a las rudimentarias herramientas con las que quieren domesticarla y se enfrenta a los hombres en su soberbia inconsciente e irracional. Los bosques, los ríos, las praderas son infinitas y llenas de peligros. La naturaleza es considerada enemiga y adversa a los propósitos y la voluntad de los hombres. Los bosques de la costa Este son el dominio exclusivo de los nativos, salvajes, incultos, sin Dios y sin conciencia. El terror, que en Inglaterra se manifestaba a través de las autoridades eclesiásticas, aquí, en América, se muestra en el rostro del indígena que, después de una inicial relación, próxima y amistosa, se transforma en el peligro que se esconde en los bosques de la costa Este y se afianza en las praderas del interior. Durante casi dos siglos, desde principios del XVII hasta finales del XVIII, los indígenas amerindios fueron masacrados con un encono y una brutalidad indescriptibles: el único modo posible de controlar el terror es alejar al indígena hacia el oeste y arrasar los bosques y praderas donde se afianza el mal.

Para establecer una colonia cristiana, no únicamente se debía someter a la naturaleza, sino también a los habitantes que la poblaban; hombres y mujeres que en nada se parecían a la imagen que los nuevos pobladores tenían de ellos, imagen que era resultado de una tradición que se remontaba al Renacimiento y que hacía del nativo desnudo el icono y la representación gráfica del nuevo continente y de sus pueblos. Para hacer del americano blanco el verdadero americano, los colonos europeos refutaron esta representación tradicional como una concepción errónea y lo consiguieron dando a los primeros habitantes el nombre de “indios”, les desplazaron de América a otro hemisferio, a otro pueblo con la piel oscura y a otro lugar del imperio británico. Y representaron a estos indígenas como los describió Mary Rowlandson, a medio camino entre las bestias salvajes con quienes compartían la tierra.
Mary Rowlandson, esposa de un pastor puritano, que fue secuestrada y cautiva por los indios, narró su experiencia en el libro The Soveraignty and Goodness of God, publicado en 1682; escrito para alabar la bondad y la misericordia de Dios, Mary Rowlandson compuso un texto doloroso y terrible que reafirmaba a los puritanos como el pueblo elejido por Dios y excluía a los indios de la raza humana y confirmaba América como la Tierra Prometida de los puritanos. Describe a los nativos “como sombrías criaturas de la noche”, “brutos salvajes”, “lobos feroces” y “criaturas inhumanas” que viven como “bestias desperdigadas por el bosque”, y que “buscan entre la inmundicia” para alimentarse de “detritus inmundos”. Para ella, el Nuevo Continente es un país inculto, salvaje, inmenso y desierto y con siniestras ciénagas donde los amerindios “vagan”, “rugen”, “aullan” y “destruyen y devastan”. Este texto editado en Boston, se reeditó en Inglaterra, fue redescubierto en el siglo XIX y se siguió publicando hasta principios del XX como el relato paradigmático del cautiverio americano y de la naturaleza de los nativos.

Apenas llegar a tierra firme tuvieron que resolver la pertenencia de aquellas tierras, puesto que por sus tradiciones anglosajonas y por sus prácticas agrícolas se basaban en la propiedad del individuo, no de la comunidad ni de la tribu. Algunos de los recién llegados afirmaban que los propietarios eran los indígenas, pero fueron expulsados, asesinados o vendidos como esclavos. El gobernador Winthrop, de Massachussets, declaró que todas las tierras no cultivadas deberían ser de dominio público, según el derecho tácito de Inglaterra. O sea, que pertenecían al rey. Finalmente, los colonos decidieron apoderarse de todas las tierras, sin consultar con los indígenas, sino con el representante de la corona, o sea, el gobernador.
En el Valle de Connecticut, los sacerdotes puritanos citaron la Epístola a los Romanos 13:2: “Quien se opone a la autoridad, se rebela contra el orden divino, y los rebeldes atraerían sobre sí mismos la condenación”. Los gobiernos coloniales reunieron una fuerza armada de dos cientos cuarenta hombres bajo el mando de John Mason. A ellos se unieron mil guerreros narragansett. El historiador Francis Jennings escribe: “Mason propuso evitar un ataque a los guerreros pequot, que podría agobiar a sus tropas inexpertas y de poca confianza. La batalla en sí no era su propósito. La batalla es una de las dos formas de destruir la capacidad de luchar de un enemigo. La masacre puede cumplir el mismo fin con menos riesgo, y Mason había resuelto que la masacre sería su objetivo”. Efectivamente, en menos de dos lustros los nativos de la costa Este, desde Florida hasta Nueva Inglaterra, fueron masacrados en su totalidad y sus tierras quemadas y devastadas, y sus bosques arrancados de raíz para nunca recoger en su sombra a sus antiguos habitantes.
Los puritanos adoptaron un verso del salmo 2:8: “Pídeme, y te daré en herencia las naciones; en propiedad, los confines de la tierra”. Desde entonces, los estados colonialistas europeos han declarado que su conquista la hicieron por orden de Dios. Los inmigrantes europeos se apoderaron de las tierras y pusieron a los indígenas a trabajar como esclavos. En 1637 ya había unos dos mil colonos ingleses, y una vez masacradas todas las tribus asentadas en la costa Este, decidieron seguir avanzando hacia el interior conquistando nuevas tierras y aniquilando a los indígenas.

A medida que los colonos iban adentrándose en el continente, obligando a los indígenas a dejar sus tierras del Este y a dirigirse al Oeste, los colonos, para evitar cualquier asentamiento de los indígenas, quemaban y lo destruían todo a su paso: campos de cultivo, prados, bosques, dejando tras ellos la desolación y el desierto.

Durante largos años el esfuerzo de los colonos se dedicó exclusivamente a domesticar la naturaleza, a expensas de su destrucción: la naturaleza, con sus secretos y peligros, era el enemigo primordial que Dios había puesto en su destino como una prueba más para alcanzar el camino de la perfección. Fueron muchos años de luchas con los nativos, sobre quienes había que imponerse para que abandonaran sus tierras, y las tierras, con su vastísima extensión, su vegetación selvática y su violenta orografía, se resistían a los nuevos propietarios que con sus inadecuados recursos no retrocedían frente al impulso de la naturaleza.

Ya dominada por la perseverancia y la necesidad de los nuevos americanos y, aún no superados todos los riesgos, se inició una nueva relación con el enemigo vencido. Cuando la naturaleza dejó de ser hostil para el hombre, ésta se transformó en un “paisaje”. El paisaje es una construcción que ha pasado por filtros simbólicos, herencias culturales, memorias antiguas, recuerdos ancestrales, experiencias estéticas y presencias literarias. Es una forma compleja, tanto más rica cuanto más elementos contribuyen en ella. Podemos decir que el paisaje es a la vez realidad y apariencia de realidad. Es realidad en la medida en que está constituido por cosas perfectamente reales; pero es también apariencia en la medida en que las cosas no se manifiestan sino a través de la imaginación y el engaño de nuestros sentidos. Pues nuestros sentidos hacen algo más que transmitirnos la realidad; digamos que en cierta medida la producen.
Es necesario que la visión de la naturaleza no esté condicionada por la carencia y la necesidad para que pueda despertar otros intereses, ya sean artísticos, simbólicos, religiosos, estéticos o científicos. Y en el nuevo paisaje, el nuevo americano proyectó sus deseos de sencillez, de soledad y de autenticidad, y lo transformó en símbolo de una naturaleza trascendental que mantenía incólume los principios originarios de la verdad y de la virtud.
Después de decenios de combate contra la tierra y de alejar y destruir al indígena, la naturaleza cedió y empezó a ofrecer su generosidad. El Edén se abría a la vida y mostraba su belleza y su magnitud, y después de las pruebas que Dios puso en su destino, les premió con una tierra propicia y fértil que cumplía todas las expectativas que el hombre había puesto en ella. La naturaleza fue considerada como el templo natural de América, y “la miserable necesidad de destrucción” de los primeros tiempos se compensó con una religiosa veneración; puesto que se considerada a la naturaleza como la revelación de la santidad de Dios, y el espectáculo natural y sus fenómenos se ofreció a sus ojos como una representación teatral en la que todos eran sus protagonistas. Sydney Andrews escribe: “No creo que nunca pueda contemplar nada tan bello antes de encontrarme en el recinto de la ciudad celeste. Las columnas de este templo sublime que es la naturaleza no fueron construidas por el hombre, sino que lo fueron gracias a la intervención de la Providencia, creciendo inexorablemente, hasta que el pueblo elegido las descubrió, en el corazón del Oeste prometido”. Como aparece en esta pintura de Leutze.

Después de la Guerra de la Independencia, los nuevos americanos acogieron el bosque como la cuna de la nación y transformaron el legado puritano en términos laicos. Los poetas, novelistas y pintores de la primera generación tomaron la extensión infinita del paisaje como tema para sus obras: la naturaleza salvaje ofrece una benevolencia tutelar a quien sabe reconocer en las montañas, los valles y los ríos lo más preciado de sí mismo. La teología se transformó en ética comunitaria y la religión en filosofía y estética de la naturaleza. En el retiro de los bosques se encuentra la verdad olvidada. Los pintores Cole, Durand, Bierstadt y Church, los novelistas Washington Irving, James Fenimore Cooper, Henry Wadsworth, Hawtorne y Thoreau, los filósofos Emerson y Longfellow y el poeta William Culler Bryant narraban las aventuras de los primeros pioneros y glorificaban los árboles casi eternos que, como símbolos de la libertad, poblaban los bosques milenarios. Como ese fragmento del poema de La antigüedad de la libertad, de Bryant, amigo íntimo del pintor Cole: “Los viejos árboles, las grandes encinas, los pinos nudosos /. Bajo sus sombras apacibles / Apacibles, jamás cortadas, antiguas como el tiempo / Mis pensamientos remontan el oscuro camino de los años hasta las infancias de la libertad”.
Thomas Cole, el fundador de la Escuela de Hudson, de formación y ascendencia puritanas, inauguró el género de pintura de paisaje americano. Ciertamente, el entorno natural de Cole no era en absoluto adecuado a la visión edénica y pastoril que podía servirle de modelo. Navegando por el Hudson Cole y sus discípulos, los panoramas que se abrían a sus ojos eran una rara síntesis entre una idea teatral de lo salvaje y una imagen antigua de la moderna industrialización. Sus paisajes eran imaginarios, no podía ser de otra manera, puesto que lo que buscaba había que ir a encontrarlo en el Lejano Oeste, no en la costa atlántica.

Thomas Cole era natural de Lancashire, Inglaterra, y se trasladó a América a los pocos años del nacimiento. Descendiente de una antigua familia de “disidentes” (los antiguos puritanos oponentes a la monarquía inglesa), nunca dejó de leer aquel tipo de literatura edificante propia de la secta puritana, sobre todo la obra de John Bunyan, teólogo y predicador puritano que escribió el Pilgrim’s Progress (El viaje del peregrino) donde describe de forma alegórica y sobre una base doctrinal calvinista, los peligros y las etapas que el cristiano atraviesa para llegar al seno de Cristo.

Esta obra, El viaje del peregrino, fue la fuente de inspiración de John Cole para realizar la serie de pinturas sobre la iniciación a la vida como peregrinaje: de la inocencia a la experiencia hasta la epifanía.

Los ciclos de historia que constituyen el vasto tema El curso del Imperio describen el transcurso de la historia que pasa de la Arcadia primitiva hasta la decadencia de las civilizaciones, cuando la yerba vuelve a crecer de nuevo entre las piedras de los muros derrumbados.
Asher Durand, discípulo de Cole y presidente de la National Academy de Nueva York, teológo de segunda generación, decidió dedicarse a la pintura para “reflexionar sin coacción sobre la elevada bóveda de los cielos”. Sus célebres “Cartas sobre el paisaje” son una ilustración perfecta del transcendentalismo diluido que predicaba en su pintura:

“La apariencia de nuestra tierra, más allá de su magnífica estructura y de sus funciones que aseguran nuestro bienestar, está cargada de lecciones nobles y santas, únicamente superadas por la luz de la revelación. Es imposible contemplar nuestra tierra sin llegar a la convicción de que el Gran Dibujante de estas gloriosas imágenes las ha colocado frente a nosotros como atributos divinos”.
“El progreso” es una imagen idílica y pastoral, a la manera de Claude Lorrain, Fragonard o Turner. El progreso apenas tala algunos árboles, pero el panorama sigue manteniendo la luz de la divinidad puritana.

Una de las obras célebres de Durand, “Afinidades”, es un manifiesto de la sublimidad del Valle del Hudson, un homenaje a la memoria de Thomas Cole, donde el paisaje reúne los diversos lugares favoritos de Cole, y es un inventario exhaustivo de los símbolos y emblemas más frecuentes. De pie, sobre el precipicio, Cole, con la paleta y el bastón, está acompañado por el poeta William Cullen Bryant. La pintura muestra la afinidad espiritual entre el poeta y el pintor, y también la trascendencia de la naturaleza para la constitución de la identidad americana.
El retorno a la naturaleza y la atención con que fue considerada por los americanos en los primeros años del siglo XIX fue una idea y una aspiración que venía realizándose en Europa desde mediados del siglo XVIII, desde que Jean Jacques Rousseau propusiera la necesidad de alejarse de los artificios de la civilización que destierran al hombre de la naturaleza y le separan de sí mismo. Para Rousseau, como afirma en la Nueva Heloísa, el orden sensible de la naturaleza anuncia “la presencia y la suprema inteligencia de Dios”. El espectáculo del jardín natural permite el diálogo en la soledad con uno mismo, hace propicio el acercamiento a lo más íntimo y secreto de nosotros mismos y a lo que tenemos en común con el resto de los hombres.
Sin embargo, la idealización del paisaje en América se realizó cuando la presencia del hombre y de la civilización había hecho su impacto en el corazón de la naturaleza. Cuando las grandes encinas, las sequoias gigantescas, los altísimos abetos, las extensas praderas corrían el peligro de la extinción. Fue entonces cuando se estetizaron, se preservaron, se institucionalizaron y se sacralizaron. Este fue el caso del Parque Nacional de Yosemite, erigido por un decreto del Congreso de 1864 como santuario nacional. La naturaleza virgen y autóctona aún se conservaba incólume en el corazón del Oeste americano –no podía ser en otro lugar– y esperaba ser descubierta como “antídoto a los venenos de la sociedad industrial”. Para su conservación íntegra se cerraron las minas que venían explotándose desde el siglo XVIII, y los indios ahwahneechees, que habían llegado del este huyendo de las hordas puritanas, fueron sacados a la fuerza. El descubrimiento de Yosemite recibió de inmediato a poetas, pintores y fotógrafos que veneraron el lugar y redimieron a América de la ignominiosa destrucción natural puritana. El fotógrafo Carleton Watkins, los pintores Albert Bierstadt, Thomas Moran, Frederick Church y el poeta John Muir presentaron los bosques, montañas y valles de Yosemite como la catedral natural de Occidente.
Las fotografías de Carleton Watkins, expuestas en Nueva York en 1862, tuvieron un éxito sin precedentes. Los desfiladeros y escarpados, dejaron estupefactos a los visitantes que, acostumbrados a las narraciones épicas de Fenimore Cooper, observaban las fotografías como la aparición milagrosa de los bosques del Oeste como el signo de Dios que perdonaba a los americanos y les ofrecía otra oportunidad para comprender la divinidad de su paisaje. A pesar de que también mostraba la incidencia del hombre en un lugar tan sagrado, quedaron maravillados de la magnitud de las sequoias y vieron en ellas las columnas rojas del templo de Norteamérica.

La idea de que la edad de los bosques se calcula en milenios, y que éstos son contemporáneos de los inicios de la era cristiana, refuerza el sentimiento de su santidad natural.

Un corresponsal del “Boston Daily Advertiser”, en un éxtasis asociado a la costumbre de celebrar la misa del tabernáculo, que tiene lugar en el bosque, relaciona el nacimiento de los árboles con el nacimiento de Jesucristo, y afirma: “!Qué eternidad tenemos frente a nosotros! La edad de estos bosques es la de la era cristiana; tal vez en la hora en que los ángeles vieron como se iluminaba Belén con la estrella de Oriente, sus gérmenes rompían su ganga de humus y veían la luz sobre la superficie de la Tierra”.

Dispuestos en el inmenso territorio de los Estados Unidos, los parques nacionales serán a partir de entonces grandes diques que defienden el espacio salvaje y que afirman la identidad del pueblo americano. El hombre moderno, para serlo, deberá en lo sucesivo reverenciar los paisajes de la naturaleza, pues esto le confiere una dimensión próxima a lo sagrado, museable y abstracto del curso profano de la vida.

Albert Biersadt, de origen alemán, llegó a América de muy niño; estudió pintura en Berlín, en pleno reconocimiento de la pintura romántica, y debió conocer la obra de Caspar David Friedrich. Es el pintor que desde que conoció los grandes bosques del Oeste americano los tomó como motivo y tema exclusivos de su obra que nos remiten siempre a los paisajistas románticos alemanes como Carus, Rungew, Friedrich, Kersting, etc.

Como afirma Bárbara Novak, el idealismo alemán había sido demasiado intenso para que todavía ejerciera su influencia sobre un grupo de artistas americanos, muy inclinados por una forma de trascendentalismo visual.

Al poeta y al pintor románticos les agrada sentir el sentimiento sublime provocado por la naturaleza cuando sube a las montañas o desciende a los abismos. La experiencia de la montaña posee un carácter iniciático. Los peligros afrontados, las angustias vencidas, los pesares, provocan una exaltación casi religiosa

En un viaje al Oeste que incluía una corta visita a Yosemite, Bierstadt había tomado apuntes del valle y las Rocosas, y de regreso a su taller confeccionó esta pintura que muestra de un modo ingenuo las imágenes de un Oeste lejano y exótico con las moles de las montañas del parque. Un idilio geórgico a la americana; es decir, un sincretismo tomado de diversos lugares, reales e imaginarios, reconstruidos con la verosimilitud necesaria para ser admitido, si no por real, al menos posible.

Quince años más tarde, a raíz de la exposición de fotografías de Carleton Watkins, Bierstadt volvió a Yosemite, y el carácter entre pintoresco y sublime le ofrecieron el carácter trascendental que venía buscando. Gracias al uso de la luz y a la naturaleza acogedora y, a la vez, altiva y soberbia, el paisaje se transforma en un espacio originario,
en el lugar primordial, próximo al Edén, no exento de los peligros que contribuyen a ofrecer un secreto oculto y evidente al mismo tiempo.

La lección de Rousseau sobre el hombre y su relación con el medio natural fue recogida por el filósofo Emmanuel Kant, quien afirmaba que la naturaleza nos conmueve a través del simbolismo de sus formas y sus colores y, como si fuera un artista, no muestra en su lenguaje la verdad y el secreto que guarda. Para Kant, la experiencia del paisaje es suscitada por la seducción que la naturaleza ejerce sobre la imaginación, la sensualidad, la memoria y la cultura del espectador. En la experiencia estética de la naturaleza, toda la complejidad humana se pone en actividad, desde la más sensual a la más intelectual de nuestras motivaciones.

Kant amplió el concepto de belleza acogiendo otras categorías no compatibles con la armonía y la serenidad de la belleza clásica. Esta nueva tendencia estética ofreció una sensibilidad nueva para el paisaje. De los campos pacíficos y de la naturaleza armónica, la atención se desplazó a los lugares salvajes y abruptos; el mar y sus tempestades, los roquedales inabordables, parecen desafiar la presencia del hombre por el desencadenamiento de energías incontrolables. La montaña inspira sentimientos de inseguridad y de angustia frente a la magnitud de las rocas suspendidas sobre el vacío que se abre a los pies.

El sentimiento de lo sublime que, según Kant, se manifiesta por la suspensión momentánea de las facultades vitales, es provocado por la apreciación estética de las magnitudes. La naturaleza es sublime en aquellos fenómenos cuya intuición lleva en sí misma la idea de infinitud.

“Rocas audazmente suspendidas y amenazantes, nubes de tormenta que se aglomeran en el cielo y que avanzan con truenos y relámpagos, volcanes en todo su poder devastador, huracanes que dejan atrás la desolación, el océano sin límites rugiendo de ira, una cascada profunda en un río poderoso, etc… reducen nuestra facultad de resistencia a una insignificante pequeñez, comparada con su fuerza.

Sin embargo, su aspecto es más atractivo cuanto más temible, con tal de que pueda percibirse en un lugar seguro; y nombramos sublimes a estos objetos porque elevan las facultades del alma por encima de su término medio ordinario y nos hacen descubrir, en nosotros mismos, una facultad de resistencia de una naturaleza totalmente distinta que nos da valor para poder medirnos con el todopoderoso de la naturaleza.

Por eso regresamos a los sitios naturales como a los lugares de peregrinaje. Y afirma Kant que entonces redescubrimos lo que la civilización nos había hecho olvidar: la identidad del yo y del mundo, del sujeto y del objeto, del espíritu y de la naturaleza. Reencontrar la unidad perdida, de la que habíamos sido separados, es por encima de todo recurrir a la intuición estética y, por medio del arte, ver el alma del mundo revelarse gradualmente en la naturaleza y en el hombre. La filosofía de la naturaleza es inseparable de la filosofía del arte, puesto que el arte es la prolongación del trabajo de la naturaleza en el hombre y en el hombre se prolonga la manifestación divina de la naturaleza.
Junto a la vertiente metafísica del idealismo alemán, actualizado por los filósofos y pintores Emerson, Cole, Durand, Bierstadt y Longfellow, George Perkins Marsh (1801-1882), en su obra Man and Nature; or Physical Geography as Modified by Human Action, publicada en 1864, colaboró decididamente en el Movimiento Conservacionista Americano: frente a la idea predominante entre los geógrafos de la época de que la apariencia física de la Tierra era resultado casi enteramente de fenómenos naturales, Marsh [1965(1864)] subrayó a los seres humanos como importantes agentes de cambio ; el hombre modificaba el complejo natural y los cambios en la naturaleza tenían una influencia decisiva en el hombre.
En especial, Marsh llamó la atención sobre los peligros de la tala indiscriminada de bosques, pues la erosión y la alteración del sistema de drenaje natural echaban abajo la productividad de la tierra. Insistió en que la naturaleza no siempre se curaba a sí misma; no rechazaba toda actividad de explotación, sino que abogaba por una administración “científica” de los recursos. La acción humana era capaz de restaurar las armonías naturales, y esa acción debía provenir, más que de la intervención estatal, del propio interés educado en la visión de la naturaleza como algo que trabajaba junto al hombre en su beneficio.
Junto a Marsh, el escritor, filósofo y naturalista Henry David Thoreau expresó con gran agudeza el deleite en la experiencia de la naturaleza virgen –como símbolo de lo sublime–. El trabajo más influyente de Thoreau Walden, Or Life in the Woods (1854), lo redactó tras pasar dos años en una rústica choza junto a un pequeño lago llamado Walden, cerca de Concord (Massachusetts), dedicado a cubrir sus necesidades básicas y a liberarse de las prisas y la ansiedad de las ciudades. La libertad y el encanto de la naturaleza –según Thoreau– podían encontrarse lo mismo en los paisajes transformados por la mano del hombre cerca de las ciudades que en los bosques deshabitados del Maine, pero en cualquier caso “sólo en lo salvaje estaba la preservación del mundo”. Para Thoreau, el hombre podía ser mejor definido como parte de la naturaleza que como miembro de la sociedad, y sólo se encontraba verdaderamente a sí mismo en lo más hondo de un bosque virgen, logrando la unificación de su mente con la dimensión espiritual de la naturaleza.
Esa es para Thoereau, Emerson, Cole y Cooper el único modo de construir una identidad. Una identidad que inicialmente se forjó en la búsqueda de la utopía en la que todos los deseos podían ser realizados. Una utopía forjada con un fundamento religioso, dogmático y agónico que se abrió paso entre los obstáculos que la naturaleza interponía y que, después de someterla a sus necesidades, la veneró como su propio pasado trascendental.